Apagón (2ªParte)

Publicado: 29/10/2014 08:21 por Victor Lemes en sin tema
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Y así hice, al día siguiente a las 2 de la mañana, bajé a la calle, ya iluminada, y fui dirección a aquel portal donde nos habíamos encontrado la noche antes. No había nadie, no había ruido, ni coches, ni rastro de aquella silueta con voz, ni perro con hiperventilación. Había estado todo el día pensando en aquel encuentro y mentiría si dijera que no tuve mi pequeña ración de frivolidad pensando en cómo podía ser su físico, pero es obvio que los cuerpos se atraen y no creo que esa ley física convierta al misterio en superficial. La atracción mental había sido instantánea pero faltaba la corporal, la de las escarpias y la epidermis, esa que convierte el poro en erupción volcánica y la saliva en magma, esa que transforma el pecho en sismógrafo, esa que desfibrila el mercurio de la piel, esa que rompe las escamas y los esquemas, la que despresuriza la emergencia tras la turbulencia y el temblor, la que efervesce concupiscencias, esa combustión a la que llaman deseo, ese deseo al que llaman química, esa química subjetiva e inefable que surge de la combinación de dos elementos aleables que, simplemente, son compatibles, simplemente comparten masa atómica y propiedades, propiedades que no son propiedad del otro pero que sí son habitables, al menos durante un tiempo, dos placas tectónicas que generan el seísmo, dos cuerpos que, independientemente de cánones de belleza y prototipos, sean como sean, combinan y arden, simplemente arden, pero qué difícil es arder así, y qué improbable. Qué fácil es quemar, pero qué complicados son todos estos "simplementes", qué complicado es conseguir ese fuego idóneo. Cuántos cuerpos inflamables hay que quemar para conseguir ese fuego, ese que describo, no otro.

Llegué al portal y no había nadie. Me senté a esperar, nervioso, inquieto, y a los 10 minutos oí una voz mecanizada: "Puerta abierta". Se trataba de uno de esos telefonillos modernos de última generación y alguien había abierto desde el portero automático de su casa. Entré por curiosidad y al llegar al ascensor vi un post it que decía:

"Planta 3 Letra B de Benedetti. La única norma es no hablar. Ya gastamos ayer un sentido, nos quedan 4"

El corazón se me aceleró sobre la marcha. Efectivamente, ya el sentido del oído lo habíamos gastado el día anterior, así que nos faltaban los otros. El ascensor estaba roto así que empecé a subir las escaleras. Justo en el último peldaño del primer piso había otro post it pegado a una bolsita de plástico que tenía dentro un mechón de pelo. El post it decía:

"Así huelo. Quedan 3"

No pude evitar sonreír al imaginarla trasquilada y visualizándola tramando todo este juego, pero cada vez me excitaba más esta especie de circuito y además me encantó el olor de su pelo. Seguí subiendo, esta vez con un ritmo más acelerado y con la incertidumbre creciendo junto con el miedo de que no me gustara lo que me estaba gustando y en breve descubriría. Tenía ganas de llegar ya a esa tercera planta pero también de ver qué nueva señal o pista me iba a encontrar en el siguiente piso, y ahí estaba, en el piso 2 había otro post it sobre otra bolsita de plástico con 4 fotografías dentro. El post it decía:

"Así luzco. Quedan 2"

La primera foto era ella desnuda como la habían traído al mundo. Concretamente tres meses después de haber llegado al mundo. De bebé y en brazos de su madre. Era una foto muy tierna y solo podía sonreír ante tanta ternura y ante la originalidad de esta persona que no conocía de nada al exponerse de esa manera ante un desconocido. La segunda foto era ella con 7 u 8 años, con uniforme de colegio y sonriendo sin paletas. Se le veía una mirada dulce. La tercera foto era ya más reciente; se veía a ella en bikini en la orilla de una playa chapoteando como dándole una patada a las olas. Las salpicaduras estaban estratégicamente situadas para que no se le viera la cara en su totalidad y le tapaba algunos rasgos, pero se dejaba entrever una ancha sonrisa que destapaba la trama de aquella felicidad momentánea de la foto. Me pareció una sonrisa preciosa. Tenía el pelo largo y su cuerpo era curvilíneo, de esos que, gracias a dios, no aparecerían en una pasarela de Cibeles. Me gustó ese muslo, esa cadera mojada y sinuosa, esa arruguita que se le formaba en la cintura tras el escorzo del gesto de su patada al mar. En definitiva, me gustaba aquello que veía, su conjunto, independientemente de sus independencias, y ya quería conocer por fin a aquella persona, a aquel cuerpo, pero frente a mí, no aquella emulsión sensible que mantenía en mis manos; no quería más haluros, que como referencia no está mal, pero como preferencia, prefiero la piel. La cuarta foto era un zoom enorme a alguna parte de su cuerpo que no distinguía bien pero que estaba erizada, se veía la piel de gallina. Me imagino que para hacer constar en acta otro de los sentidos que quedaban por descubrir.

Por fin llegué al tercer piso y la puerta estaba entreabierta. Se oía a Laringe acercarse y salió a saludarme con su pequeña cola moviéndose vertiginosamente y con el corazón casi tan taquicárdico como el mío. Lo acaricié para tranquilizarlo y mientras le tocaba la cabeza intenté mirar hacia dentro de la casa por el hueco de la puerta a ver si veía algo pero no se distinguía nada. Toqué sin entrar:

-¿Hola?
-... (Silencio)
-¿Se puede?
-... (Más silencio)
-¿Toc Toc?
-Shhh!!
-Uy, perdón, la norma.

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gravatar.comAutor: 6º Sentido

Tocar sin entrar...muy sugerente para el preámbulo de un final abierto.

Fecha: 18/02/2015 17:00.


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