El gran salto

Publicado: 06/02/2015 20:46 por Victor Lemes en sin tema
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Desde aquella altura la sociedad se distinguía diminuta y sin importancia. Los edificios parecían ausentes de historia, de constructores, de vivencias en cada habitación, los coches apenas se percibían y eran como insectos que pasan desapercibidos bajo el pie humano, las calles, las plazas, la universidad donde descubrió el sismógrafo colosalmente inestable del amor, el hospital donde conoció la corrosión despiadada del dolor, el cementerio donde también sufrió la corrosión despiadada, pero del amor... todas esas arquitecturas históricas de su historia que habían tenido una relevancia vital en él, se veían insignificantes desde esa altura. Era como si todo lo que le había afectado y marcado hasta la fecha no significara nada, como si la pena no hubiera valido la pena y como si la felicidad no hubiera sido crucial. Alguien le había puesto ahí, en lo que llamamos vida, y la sufrió sin necesidad, sin saber que, desde donde él estaba, todo lo habitable era anodino, así que saltó al vacío.
El estrepitoso ruido del viento le taponaba el miedo, el pavor por perder (tras su madurada decisión) todo eso que hacía unos segundos le pareció insustancial y fútil. No gritó, siempre pensó que en una situación así gritaría, pero la velocidad de caída le bloqueaba la mandíbula y la garganta, todo lo considerado fútil metros atrás iba perdiendo su F y reconvirtiéndose de nuevo a la doctrina de lo imprescindible. Mientras caía, el sismógrafo del amor volvió a temblar en su memoria vertiginosa, al igual que el dolor vivido. No era su vida la que pasaba por delante de sus ojos como se suele decir, sino sus ojos los que pasaban por delante de su vida midiéndola en Newtons. Todo se iba agrandando y adquiriendo su importancia, los coches ya se imponían en el tráfico y el cementerio cada vez estaba más cerca. No quiso cerrar los ojos, quería vivir el trayecto con la intensidad que merecía, dejar que la ley de la gravedad dictara su sentencia según la gravedad del delito de vivir. Y finalmente, cuando volvió a ver la vida tan cerca y grande como para volver a ser parte de ella y sus aleatorias circunstancias, tiró de la anilla.

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