A puerta cerrada

Publicado: 09/02/2015 08:09 por Victor Lemes en sin tema
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El deseo iba entre paréntesis. Todo lo demás era fingir que éramos políticamente correctos, aún sabiendo que no lo éramos. Los “cuatro vientos” nos los teníamos prohibidos, no podíamos gritar lo que íbamos acumulando, ni siquiera a nosotros mismos. Si nos veíamos caminábamos como dos peatones normales por la calle, separados y comentando lo que veíamos a nuestro alrededor. Si nos sentabamos a tomar algo hablábamos de cine, panoramas políticos y anécdotas del día. Y si nos mensajeábamos bromeábamos con chistes y hasta debatíamos profundamente sobre temas serios y controvertidos; pero de repente ella escribía entre paréntesis un “Ojalá estuvieras aquí” y yo respondía “Nos exprimiríamos” y acto seguido, fuera del paréntesis, decía un “Pon la TV, mira lo que están poniendo” y volvíamos a lo correcto y moderado, sin pedir explicaciones por lo que acabábamos de decir. No hacía falta, lo sabíamos. Era como si el paréntesis fuera un escondite, un refugio donde poder expresar lo que la ética no toleraba.

-(Me muero de ganas) Mañana tengo clases, qué pereza.
-Bueno, verás que se te pasa volando. (Podríamos vernos a las 17:00)
-Son 3 horas nada más, espero que pasen rápido (Me encantaría, pero sabes que es una locura)
-(Estás entre paréntesis. Aquí dentro se permite todo) Verás que sí.
-(Es verdad, perdona, pues a las 17:00 ¿dónde?) Ya te diré si me aburre la clase.
-Vale, ya me contarás. (Donde quieras pero entre paréntesis)

Y así fue. A las 17:00 quedamos en una plaza llena, un abrazo, dos besos, dos Quetales protocolarios, un Bienytú y un Bienaquí formal y absurdo. Caminábamos pero seguíamos hablando a la intemperie ortográfica, fuera del refugio al que queríamos entrar, ninguno se atrevía a abrir paréntesis, aunque los dos teníamos la llave, pero no el valor, hasta que ese día, en un ascensor, acercándose a mí, me dijo: “Me apetece hacer una cosa”. Enseguida supe que esa frase iba entre paréntesis y me dejé besar. Qué acogedor. Qué calentito y cómodo parecía aquel signo de puntuación, pese a la humedad. De repente se abrió el ascensor y se cerró el paréntesis, volviendo a la vida aparentada, al cara a la galería, a lo mostrable.
Estuvimos mucho tiempo explotando en los portales, en los taxis, en los baños de los locales, en cualquier lugar con puerta, pero eso sí, siempre a puerta cerrada, como los entrenamientos de fútbol, sin socios, sin forofos, sin testigos, sin su marido, sin prensa…
Uno enseña solo un porcentaje de lo que es. El resto de lo que eres solo se ve a puerta cerrada, y solo unos pocos tienen acceso a ese rincón, y a veces nadie. Somos áreas restringidas solo para personal autorizado, como si de una sala de Rayos X se tratara, y donde -nunca mejor dicho- mejor se nos puede ver el interior. De puertas para adentro nos quitamos el letrero y el neón. Ahí es cuando se pone sobre la mesa desde tu belleza interna y bondad, hasta tu peor miseria y tu escabrosa podredumbre. En nosotros está la elección de a quién queremos dejar entrar. Nadie debería entrar; ahora bien, si alguna vez dejas entrar a alguna persona ahí, esa es la que debería quedarse para siempre.
-(Para siempre no existe, pero ven de 17:00 a 19:00)
-(Voy. A las 17:00 en el ascensor) Qué frío hace hoy, ¿no?

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gravatar.comAutor: Royaleconqueso

Y qué bonitos son los paréntesis. Ese lugar que solo pertenece a esas dos personas...

Me encantan tus relatos y reflexiones. Estoy enganchada

Fecha: 10/02/2015 12:57.


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