Autopsias

Publicado: 03/03/2015 18:29 por Victor Lemes en sin tema
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Alicia llevaba años sola. Sola emocionalmente pero no carnalmente. Se acostaba con el chico que quisiera y cuando quisiera, tenía ese poder y esa facilidad de “matar el gusanillo” cada cierto tiempo, cada vez que su cuerpo se lo pedía tiraba de una amplia agenda de pretendientes deseosos de apagar su fuego a la primera muestra de interés. Y eso hacía. Hoy con uno, mañana con el que no pudo ayer, al día siguiente con otro, a la semana de descanso con el mismo del lunes y a lo mejor un mes sin nada porque simplemente no le apetecía. Todos sus pretendientes aspiraban a algo más pero ella renegaba de ir más allá de un intercambio corporal.
Aquel lunes le entraron ganas y llamó a Marcos, el único que respetaba su decisión de no ir a más, el único que no le pedía explicaciones ni le interrogaba, el único que estaba en la misma sintonía que ella y que, además, estaba disponible y en su casa al mínimo chasquido de dedos. Era su comodín perfecto para apagar el fuego. Marcos se presentó en su casa y tras unos minutos de conversación protocolaria precoital ella le dijo:
-Hoy no quiero follar, Marcos.
-Bueno, no pasa nada. También podemos cenar ¿eh?
-No me has entendido. Hoy me apetece hacer el amor.
-¿Me explicas la diferencia?
-Pues no quiero que nos pongamos brutos y salvajes autómatas. Me apetece ternura, que nos acariciemos, miremos…
-Uy, qué tarde se me ha hecho, me tengo que ir.
-No seas tonto anda.
-Es broma. Yo encantado, pero conociéndote me ha extrañado.
-¿Por qué?
-Porque sueles ser puro fuego. Y no creo que en momentos cumbres puedas controlar tu salvajismo, que es por ahora lo único que conozco de ti.
-Bueno, ya iremos viendo cómo surge.
Se metieron en la cama y se quitaron la ropa lentamente, con luz tenue y movimientos delicados. Se hablaban en voz baja y se besaban, mucho más que en ocasiones anteriores. Ella le agarraba la cara y él le tocaba el pelo en lugar de tirarle de él como ella siempre le pedía. Ella le acariciaba el pecho y él deslizaba sus manos por sus nalgas en lugar de golpearlas como ella siempre le pedía. Ella se movía sobre él de forma muy pausada y él entraba dentro de ella en Adaggio, y no con el Allegro Prestíssimo que ella siempre le pedía… pero de repente él vio como ella lloraba con los ojos cerrados. Era sutil y no se diferenciaba bien entre jadeo y sollozo si no fuera por las lágrimas que corrían por su mejilla. Él no dijo nada porque enseguida ella alteró el tempo. Pasó del nocturno de Chopin al vuelo del moscardón de Korsakov, de la redonda a la semifusa, de la caricia al apretón, de la calma a la furia, del “suave” al “más fuerte” del “hazme el amor” al “fóllame”, en definitiva, pasó a ser lo que él conocía de ella… pero a él le gustaron esos minutos en los que ella dejó ver un poco más que fuego, le gustó que la ternura enseñara la patita por debajo de la puerta aunque fuera muy poco tiempo; y tras esa mezcla del dulce y salado alunizaje llegaron los clímax explosivos y su consiguiente mar de la tranquilidad.
En ese remanso, Marcos pensó en preguntarle por sus lágrimas pero él sabía perfectamente la razón así que no quiso ponerla a ella en la tesitura de tener que contar o inventarse una excusa. Se ahorró la petición de explicaciones y comenzó a analizar la proposición de “Hacer el amor” y llegó a la conclusión de que hay personas a las que no se les hace el amor, sino que se les hace la autopsia. Personas cuyos cuerpos son solo marcas de guerra. Algo las mató y ahora solo se exponen en una camilla llena de formol. Marcos no era su amante, era su forense; y Alicia era un cuerpo más en un depósito de cadáveres. Mirándola con la luz negra de la lógica, aquella boca que besaba ya no tenía tanta vida como cuando ella sí pudo amar en un pasado intacto de heridas. Aquellos pechos que lamía y aquella piel que tocaba ya no reaccionaban como cuando se sentía viva. Pensó que a ciertas edades y con ciertas experiencias a las espaldas, y a los pechos y a las manos, suele ocurrir que ya no se vive tanto lo que se vive, como si algo lo hubiera matado, alguna bala, traición, herida mortal, desgaste o simplemente el tiempo. Cuando el corazón de una persona muere, la siguiente se convierte automáticamente en necrofílica, a la espera de una resurrección, que no suele llegar al tercer día. En términos bíblicos, ese período entre la muerte y la resurrección, se llama Pascua, y en esa Pascua vivía Marcos, que también tenía sus horas del óbito en su piel, pero no tenía aún tantos certificados de defunción como los que acumulaba Alicia en su cuerpo.
Y en medio de toda esa liturgia, Alicia tenía a Marcos, y marcas tenía Alicia.

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gravatar.comAutor: Pareidólica ánonima

Hacía tiempo que no te leía, y al finalizar este relato he recordado porqué lo hacía tan a menudo.
Cuantas camas, sillones, baños,...se convierten cada día en mesas de autopsia.Un buen símil para una situación cada vez más común.
Te estaba echando de menos y no me había dado cuenta ;-)

Fecha: 08/04/2015 18:12.


gravatar.comAutor: Víctor

Pareidólica, tu pseudónimo se me parece a alguien, o a la cara de un zapato ;) Me alegro de tu reaparición anónima

Fecha: 13/04/2015 04:19.


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