ProgrAmar

Publicado: 27/04/2015 23:37 por Victor Lemes en sin tema
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Él se dedicaba al marketing, vivía pegado a un iphone y a un ordenador. Ella se lo recriminaba y se quejaba de que siempre estaba absorto y no le hacía caso y él lo sabía porque efectivamente no se lo hacía, pero eso no significaba que no la quisiera con locura. Llevaban 4 años juntos y él era ese tipo de valientes que con 30 años, en su primer tercio de vida, se atrevía a confirmar que ella, a falta de dos tercios, era el “amor de su vida” pero pensaba que no se lo había demostrado lo suficiente, siempre sumido en su trabajo. Veía como ella se iba adaptando a ese abandono y la ausencia cada vez mayor de reproches le asustaba porque creía que ella ya estaba perdiendo el interés, así que tramó un plan de corto y largo plazo.
Un día, viajando hacia Nueva York, durante el largo vuelo, cogió su teléfono móvil y abrió una aplicación de programación de Whatsapps. Un programa en el que se podía escribir el mensaje y que éste se mandara automáticamente en la fecha que él hubiera programado. Era un programa que utilizaba mucho en las redes sociales programando eventos para que se publicaran si él no podía acceder en ese momento, o por si le fallaba la memoria. Así que programó mensajes de amor para ella, en días aleatorios; uno esa misma tarde, otro al día siguiente, otro a los 3 días, otro a las 2 semanas, el siguiente al mes siguiente, otro dos días seguidos, otro al cabo de dos meses, otro al año siguiente y así hasta el año 2027 (no le dio tiempo a más porque el avión aterrizó) para ir compaginando entre los mensajes escritos y los dichos cara a cara, que también los había, pero menos frecuentes debido a lo poco que se veían. El primero se mandó esa misma tarde:
-“Odio viajar y separarme de ti, te quiero mi belleza divina”
Ella le respondió ilusionada, y así entre mensaje y mensaje en fechas estratégicas, se fue avivando la ilusión que ella estaba perdiendo. Él a lo mejor estaba en una reunión de negocios con el teléfono apagado pero a ella le llegaba uno de los mensajes programados y pensaba que él se estaba acordando de ella en ese momento.
-“Qué guapa te has levantado esta mañana”
-“Gracias por aquel 20 de Noviembre en el que me dijiste que sí”
-“Te quiero aunque no pueda estar mucho contigo”...
Mensajes de este tipo aparecían inesperadamente y sin razón aparente durante meses en el móvil de ella hasta que un día lo que llegó a su teléfono fue una llamada del ministerio del interior comunicándole que su marido había desaparecido debido a un accidente de avión y que no se habían encontrado los restos. Shock, trauma, desesperación, hundimiento y un sinfín de sensaciones inenarrables la inundaron. Medios de comunicación recordándolo diariamente, funeral de estado, funeral íntimo con sus objetos personales en un ataud, ya que no habia cuerpo. Días y semanas de luto, silencios eternos… hasta que un día, mientras intentaba quedarse dormida en su lado de la cama, le sonó un mensaje del móvil. Remitente: “Mi amor”. Mensaje: “Cariño, en cuanto llegue te voy a comer a besos, no desesperes”. Su taquicardia fue abismal, se asustó y llamó por teléfono pero estaba apagado. Llamó a la policía, presentó el mensaje como prueba de un posible superviviente, se siguió investigando por medio de GPS pero no aparecía ubicación. Le comentaron que eso podía ser algún mensaje enviado anteriormente que se había quedado en alguna nube virtual. Interpuso denuncia en caso de broma macabra de alguien y siguió su vida un poco más vacía, hasta que a las dos semanas llegó otro mensaje. Remitente: “Mi amor”. Mensaje: “Te echo de menos”. Lloró, desgarradamente, de pena, de alegría, de impotencia, de amor, y se aferró a esa nube virtual que le habían explicado. Le resultaba lo más parecido a la comunicación con el “más allá” pero algo dentro de ella quería pensar que seguía vivo. Esta vez no llamó a la policía ni a nadie, solo esperó y esperó a que esa nube volviera a llover gotas de esperanza, pero dejó de llover. Durante un año no llegó ningún mensaje más de “Mi amor” y ella dejó de esperar. Siguió su vida sin él, conoció a otro chico con el que poco a poco fue recuperando las ganas de todo, pero un día, con él en la cama tras una noche de pasión, a punto de dormirse, sonó el móvil. Remitente: “Mi amor”. Mensaje: “Esta noche te voy a hacer el amor como nadie te lo hará nunca”.
-¿Quién es, cariño? -Preguntó el personaje terciario de esta historia-
-Nadie, duérmete tranquilo, se han equivocado. -Respondió ella aún exhausta tras lo leído-
Y así empezó una nueva oleada de mensajes casi diarios de ese estilo, y a horas intempestivas. Ella empezó a enamorarse otra vez de lo que leía, de lo que recordaba, y empezó a ilusionarse, o más bien, a perder la ilusión por el nuevo. Volvió a mitificar al protagonista de la historia y de su pasado. La cadena de mensajes era tan repetida que el personaje referencial de esta historia llegó a desconfiar de ella y a sospechar que escondía algo, tanto que corroboró esa sospecha viendo en el móvil de ella todos esos mensajes de amor, y se fue sin dar explicaciones, al ver que él no era rival para la belleza de esos textos. Huyó, desapareció de su vida sin decirle nada, pero a ella no pareció importarle, se había vuelto a enamorar de su Ouija particular. Ella comenzó a responder a los mensajes aún sabiendo que quedarían en un limbo, pero simulando que le llegarían: “Yo también tengo muchas ganas de ti, mi amor” “No te imaginas cuánto desearía que estuvieras aquí”… etc etc. Nunca se lo comentó a nadie, pensó que la tratarían de loca, pero pensaba que esa nube que mandaba mensajes año tras año era lo más parecido al amor eterno.
Comenzó a salir con otro chico, el personaje cuaternario de esta historia interminable y se enamoró de él, volvió a enamorarse, pero nunca renunció a su amante virtual, siguió teniendo una aventura con su fantasma a espaldas de su nuevo amor. Amor que 10 años más tarde, en el 2027, le propuso matrimonio a ella, y aceptó. El azar quiso que la boda se celebrara el 20 de Noviembre, y justo cuando el cura decía las famosas palabras: “Si hay alguien que se oponga a este matrimonio, que hable ahora o calle para siempre” sonó el timbre del móvil de ella en plena iglesia. Los asistentes sonrieron, pero obviamente ella no lo cogió en ese momento. Ya lo leería después:
Remitente: “Mi amor”.
Mensaje: “Sí, quiero”

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