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Dejarse la piel

Publicado: 04/02/2015 17:35 por Victor Lemes en sin tema
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La vio bajarse del taxi y entrar a la casa de él. Pensó que podía ser esporádico, como esos pequeños rollos y descubrimientos que uno va teniendo tras las rupturas; pero una amiga común lo confirmó: “Ya llevan meses así, olvídala y haz tu vida. Es lo mejor”. Y efectivamente era lo mejor, pero no lo más fácil. A él no le resultaba difícil rehacer su vida, entendiendo rehacer por conocer gente nueva y tener relaciones fugaces, pero sí era complicado obviar que lo de ella no era fugaz ni puntual sino que ya llevaba una asiduidad. Ya no por esa piel que durante tanto tiempo solo le brindaba erupciones capilares a él y ahora tiene sucursales en otra epidermis, sino por su nuevo contrato de permanencia sobre otro cuerpo. Ella ya no solo entregaba su piel, sino que se entregaba ella, toda, corazón incluído, expuesta y vulnerable a otra persona, y probablemente repitiendo las mismas promesas y mentiras que él creyó en su momento. 

“Ahora sí que se acabó” se convencía él a sí mismo. Porque hasta ahora, aún siendo consciente del fin, él no daba por perdido un futuro improbable o un sorpresivo giro argumental. Lo veía inviable pero ¿quién le iba a decir a Bruce Willies en el sexto sentido que él estaba como estaba? ¿Quién esperaba que en Sospechosos habituales Keyser Soze era quien era? ¿Quién esperaba en Testigo de cargo que aquel giro iba a girar antes de girar por última vez? Pero ahora ya era el final, ya estaban los créditos y él esperaba que fuera una película de Haneke donde se pudiera rebobinar y rectificar guiones, pero este film no. Este ya acabó, con un final abierto expuesto a una segunda parte donde él ya no era el protagonista por finalización de contrato y porque la directora de casting había preferido a un nuevo actor en escena, con nuevos métodos de interpretación.

“Tú reanudarás antes. Me conozco y te conozco, y sé que cuando lo nuestro acabe serás más rápida en recuperarte y entregarte” Le decía él a ella en los tiempos en los que aún había un contrato de exclusividad en sus manos. Y así fue, ella fue más rápida, pero haber acertado no le aliviaba, ni siquiera minimizaba el dolor el hecho de saber que eso ocurriría así, pero tal vez ayudaba a asimiliar el punto de inflexión, el antes y el después, el chim y el pom. El problema era que ella no quería causarle dolor a él ni perder su reputación de “cuánto lo amé” porque pensaba que la gente podría interpretar que al ser más rápida en retomar, implicaba que amó menos, y claro, no le interesaba contar su nueva vida, no vaya a ser que decepcione y le desmerezcan el amor que ella dio. Y en esa omisión, la táctica era actuar como si no pasara nada, y además seguir dándole a él muestras de amor, cariño, vistas a un futuro juntos, nostalgia e incluso besos y encuentros ardientes. Lo que se conoce como “Agarrar por allí sin soltar por aquí”, no vaya a ser que su nuevo descubrimiento le salga rana y se quede sin nada. Pero ya nada era lo mismo. Ya él no quería sentirse un descarte o un trofeo más en una noche de nostalgia u hormonas disparadas. Así que firmó su Adiós. Y ahí quedó ella, hundida por amor y egoísmo (que por desgracia son uña y carne rasgada) y deseando que ese final de película fuera Funny Games de Haneke. Pero esta vez había que confirmar, afirmar, reafirmar y firmar, aunque fuera con una rúbrica temblorosa de miedo en su voz:

“Esperaba que me lo dijeras tú pero entiendo que te dé vergüenza reconocer que ganaste en rapidez. Te deseo lo mejor, pero si ya tienes una rienda no agarres la mía. Voy a zafarme, seran contorsiones dolorosas, pero conseguiré zafarme de lo que sé que te cuesta soltar. Ya no peso. Ya no gano. Ya perdí. Pero que te quede claro que me dejé la piel, aunque hoy digas que no luché por ello. Me dejé la piel, nunca mejor dicho, en cada rincón donde nos recorrimos, colgada entre tus dientes, pegada entre tus dedos, sobre tus relieves. Me la dejé intentado que mi gravedad te fuera leve y viceversa. Me dejé la rabia, el sudor, la saliva, el lacrimal y la esperanza corrosiva, incluso cuando todo estaba perdido me dejé la piel cansado de amar como aman los cobardes, esos que no llegan a amores ni a historias y se quedan ahí. No lo olvides nunca. No la olvides nunca. La piel. Me la dejé, y espero que la guardes. Tengo testigos: Toda esta piel muerta y yo en carne viva.

El gran salto

Publicado: 06/02/2015 20:46 por Victor Lemes en sin tema
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Desde aquella altura la sociedad se distinguía diminuta y sin importancia. Los edificios parecían ausentes de historia, de constructores, de vivencias en cada habitación, los coches apenas se percibían y eran como insectos que pasan desapercibidos bajo el pie humano, las calles, las plazas, la universidad donde descubrió el sismógrafo colosalmente inestable del amor, el hospital donde conoció la corrosión despiadada del dolor, el cementerio donde también sufrió la corrosión despiadada, pero del amor... todas esas arquitecturas históricas de su historia que habían tenido una relevancia vital en él, se veían insignificantes desde esa altura. Era como si todo lo que le había afectado y marcado hasta la fecha no significara nada, como si la pena no hubiera valido la pena y como si la felicidad no hubiera sido crucial. Alguien le había puesto ahí, en lo que llamamos vida, y la sufrió sin necesidad, sin saber que, desde donde él estaba, todo lo habitable era anodino, así que saltó al vacío.
El estrepitoso ruido del viento le taponaba el miedo, el pavor por perder (tras su madurada decisión) todo eso que hacía unos segundos le pareció insustancial y fútil. No gritó, siempre pensó que en una situación así gritaría, pero la velocidad de caída le bloqueaba la mandíbula y la garganta, todo lo considerado fútil metros atrás iba perdiendo su F y reconvirtiéndose de nuevo a la doctrina de lo imprescindible. Mientras caía, el sismógrafo del amor volvió a temblar en su memoria vertiginosa, al igual que el dolor vivido. No era su vida la que pasaba por delante de sus ojos como se suele decir, sino sus ojos los que pasaban por delante de su vida midiéndola en Newtons. Todo se iba agrandando y adquiriendo su importancia, los coches ya se imponían en el tráfico y el cementerio cada vez estaba más cerca. No quiso cerrar los ojos, quería vivir el trayecto con la intensidad que merecía, dejar que la ley de la gravedad dictara su sentencia según la gravedad del delito de vivir. Y finalmente, cuando volvió a ver la vida tan cerca y grande como para volver a ser parte de ella y sus aleatorias circunstancias, tiró de la anilla.

A puerta cerrada

Publicado: 09/02/2015 08:09 por Victor Lemes en sin tema
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El deseo iba entre paréntesis. Todo lo demás era fingir que éramos políticamente correctos, aún sabiendo que no lo éramos. Los “cuatro vientos” nos los teníamos prohibidos, no podíamos gritar lo que íbamos acumulando, ni siquiera a nosotros mismos. Si nos veíamos caminábamos como dos peatones normales por la calle, separados y comentando lo que veíamos a nuestro alrededor. Si nos sentabamos a tomar algo hablábamos de cine, panoramas políticos y anécdotas del día. Y si nos mensajeábamos bromeábamos con chistes y hasta debatíamos profundamente sobre temas serios y controvertidos; pero de repente ella escribía entre paréntesis un “Ojalá estuvieras aquí” y yo respondía “Nos exprimiríamos” y acto seguido, fuera del paréntesis, decía un “Pon la TV, mira lo que están poniendo” y volvíamos a lo correcto y moderado, sin pedir explicaciones por lo que acabábamos de decir. No hacía falta, lo sabíamos. Era como si el paréntesis fuera un escondite, un refugio donde poder expresar lo que la ética no toleraba.

-(Me muero de ganas) Mañana tengo clases, qué pereza.
-Bueno, verás que se te pasa volando. (Podríamos vernos a las 17:00)
-Son 3 horas nada más, espero que pasen rápido (Me encantaría, pero sabes que es una locura)
-(Estás entre paréntesis. Aquí dentro se permite todo) Verás que sí.
-(Es verdad, perdona, pues a las 17:00 ¿dónde?) Ya te diré si me aburre la clase.
-Vale, ya me contarás. (Donde quieras pero entre paréntesis)

Y así fue. A las 17:00 quedamos en una plaza llena, un abrazo, dos besos, dos Quetales protocolarios, un Bienytú y un Bienaquí formal y absurdo. Caminábamos pero seguíamos hablando a la intemperie ortográfica, fuera del refugio al que queríamos entrar, ninguno se atrevía a abrir paréntesis, aunque los dos teníamos la llave, pero no el valor, hasta que ese día, en un ascensor, acercándose a mí, me dijo: “Me apetece hacer una cosa”. Enseguida supe que esa frase iba entre paréntesis y me dejé besar. Qué acogedor. Qué calentito y cómodo parecía aquel signo de puntuación, pese a la humedad. De repente se abrió el ascensor y se cerró el paréntesis, volviendo a la vida aparentada, al cara a la galería, a lo mostrable.
Estuvimos mucho tiempo explotando en los portales, en los taxis, en los baños de los locales, en cualquier lugar con puerta, pero eso sí, siempre a puerta cerrada, como los entrenamientos de fútbol, sin socios, sin forofos, sin testigos, sin su marido, sin prensa…
Uno enseña solo un porcentaje de lo que es. El resto de lo que eres solo se ve a puerta cerrada, y solo unos pocos tienen acceso a ese rincón, y a veces nadie. Somos áreas restringidas solo para personal autorizado, como si de una sala de Rayos X se tratara, y donde -nunca mejor dicho- mejor se nos puede ver el interior. De puertas para adentro nos quitamos el letrero y el neón. Ahí es cuando se pone sobre la mesa desde tu belleza interna y bondad, hasta tu peor miseria y tu escabrosa podredumbre. En nosotros está la elección de a quién queremos dejar entrar. Nadie debería entrar; ahora bien, si alguna vez dejas entrar a alguna persona ahí, esa es la que debería quedarse para siempre.
-(Para siempre no existe, pero ven de 17:00 a 19:00)
-(Voy. A las 17:00 en el ascensor) Qué frío hace hoy, ¿no?

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Gente de Madrid. Este viernes 13 estaré de vuelta en ese lindo local llamado La Fidula. Por la zona de Huertas. Llevo material nuevo tras la última vez y voy con muchas ganas. Aunque voy a llevar abrigo no estaría mal que llenaran aquello de calorcito pa un canarión. Espero verles allí
No se demoren y anímense que vamos a pasar un buen ratito.

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Un gusto siempre tocar en Madrid. Gracias a La Fídula Espectáculos por tratar de esa manera, y gracias a todos los asistentes que inundaron la sala de silencios sepulcrales y coros eufóricos según requerían las circunstancias. Maravilla verles y hacerles reír. Y gracias a mi amigo Alberto Alcalá por dejarnos con la boca abierta como siempre. (Vayan a verlo siempre!! que él está por Madrid más a menudo y sé que les encantó. Es un deleite) Salud y fosfolípidos!!

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Saciedad de consumo

Publicado: 24/02/2015 18:22 por Victor Lemes en sin tema
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“Repetir hasta la saciedad” Es una de esas expresiones que a menudo repetimos (hasta la saciedad) y que me ha hecho pensar en el significado de “Saciedad”. Todos aspiramos a saciar, nuestras curiosidades, nuestra sed, el hambre, el deseo, el ansia, incluso a veces queremos saciar a otra persona, saciar su curiosidad, su sed, su hambre, su deseo…y para ello las consumimos, en el sentido de alimentar y en el sentido de gastar. Nos consumimos unos a otros hasta saciarnos, por lo que podemos decir que vivimos en una Saciedad de Consumo.
Somos consumidores consumidos, sumidos en la necesidad de consumir. Unos consumen con voracidad, otros con moderación, pero al final, con ímpetu o sin él, tanto consumo acaba reduciéndonos a cenizas, es decir, consumiéndonos.
Digamos que somos productos expuestos en expositores, a la espera de que un consumidor (que a su vez es producto) nos elija para saciarse. Y ahí estamos, en estanterías, por secciones, cada uno con sus fechas de caducidad, con nuestras advertencias de “mantener en un lugar fresco y seco” o “consumir preferentemene antes de… saciarme” por ejemplo. Con nuestras garantías de calidad, a menudo falsas con la intención de convencer al consumidor; con nuestros ingredientes y con nuestro valor. ¿Ves esas rayitas casi imperceptibles de la piel? No son huellas dactilares, son códigos de barra a la espera de pasar por el lector láser de algún beso, mano, o labio que te tase.
Nuestros envases son plastificados o de metal, enlatados o de cristal. Hay que tener cuidado con los golpes, que no todos los corazones y los envases son duros. Los hay de bote, pero también sensibles como un cartón de huevos en el fondo de una bolsa. Los hay abre fácil y los hay que ni con sacarcorchos. Pero sobre todo los hay envasados al vacío que deja un mal uso de un voraz consumidor anterior. Esos son los que necesitan un consumo con sumo cuidado.
Consúmanse. Del verbo consumir, del verbo consumar, del verbo nosotros, del verbo Todo.

Primera impresión

Publicado: 27/02/2015 07:39 por Victor Lemes en sin tema
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Entré a la nueva copistería que han abierto al lado de mi casa. Iba con prisas porque me cerraba la oficina de correos y tenía que mandar un documento con dos fotocopias de mi DNI, así que casi sin mirar le di el carnet a la chica que había tras el mostrador: “Por favor, dos fotocopias por delante y por detrás”. La chica se dio prisa al verme apurado, las hizo y me dijo: “20 céntimos Víctor”. Ahí fue cuando la miré por si me conocía y me sonrió. “¿Nos conocemos?” -le dije-. “No, pero tu DNI te delató. Yo soy Lucía, hasta otra”. Era guapísima, con una mirada abierta, directa y dilatada que intimidaba. Le di los 20 céntimos y solo me salió decirle: “Muy observadora usted, Lucía, y curiosa. Hasta otra”. Salí corriendo hacia Correos y entregué el envío con mis dos fotocopias del DNI. Una vez desestresado me dio por pensar en la anécdota de la copistería: “Has quedado como un borde Víctor, con lo amable que fue y lo guapa que era. Siempre la cagas” -Me autocastigaba-. Así que inventé una excusa para volver. Tenía un pendrive en mi mochila. No recordaba qué contenía, pero algún documento de Word habría. Era el pretexto perfecto para volver y que me imprimiera alguno, aunque no lo necesitara. Entré y no había clientela. Ella estaba sentada leyendo un libro, de verdad, no de esos electrónicos. Entonces sonó ese timbre que tienen algunos establecimientos para avisar de que alguien ha entrado. Separó la mirada del libro y volvió a sonreírme:
-Hola otra vez ¿Se te olvidó algo?
-Sí, ser más simpático.
-(sonrió sin decir nada)
-Sé que fue en Blanco y Negro pero ha sido una muy buena primera impresión.
-(volvió a sonreír) Viniste con esa frase ensayada ¿no?
-Sí. Me has pillado.
-(sonrió)
-(sonreí)
Silencio eterno de 4 segundos hasta que saqué el pendrive.
-¿Podrías imprimirme un documento que hay aquí?
-Ok, dime cómo se llama.
-Buff no sé. Léemelos y te digo.
-A ver, aquí tienes carpetas, canciones, películ…. ¡Dios! ¡Desmontando a Harry! ¡Me encanta! ¿La has visto?
-Unas 7 veces.
-Y también tienes Birdman por aquí ¿Ya te la bajaste piratilla?
-Es que necesito verla otra vez en V.O.
-Me encantó, yo también necesitaría verla otra vez. Es un poco caótica. Pero se mereció el Oscar sin duda.
-Si la primera impresión fue buena, la segunda está mejorando.
-¿Te refieres a Birdman o a mí?
-A ti.
-Bueno, centrémonos, ¿qué imprimo?
-Ve a la carpeta que pone Música.
-Ya. Aquí tienes… Nooo. ¿Te gusta Damien Rice? Lo estaba oyendo antes.
-Oye, deja de ver mis intimidades ¿eh? -en tono de broma-
-Tú te has expuesto (sonreía cada vez más guapa)
-¿Hay alguna carpeta que ponga “Letras”?
-No. Solo veo grupos que me encantan. Te estás luciendo ¿eh?
-Aquí la que luce es, como su propio nombre indica, Lucía.
-(sonrisa y rubor) Esa no la tenías ensayada.
-No.
Silencio e intercambio de miradas durante 4 mil nanosegundos… uno tras otro.
-Bueno (interrumpí el ritual) me habré equivocado de Pendrive, luego te traigo el bueno, que vivo aquí al lado.
-Sin problema, cierro en una hora. Estaré por aquí leyendo mis 50 sombras de Grey.
-Mentira, que es Cien años de soledad.
-Muy observador usted, Víctor, y curioso. Hasta ahora.
-Buena memoria, parece que aún no te ha afectado la peste de olvido.
-Lo apunto todo por si acaso.
-Bueno, me voy ya que te estás luciendo.
-Hasta ahora.
-Hasta ahora.
Subí corriendo a mi casa, me metí en el ordenador, abrí un archivo Word y lo titulé: “Para Lucía”.
“No sé si con esto me luciré o me pasaré de frenada, pero dicen que a la tercera impresión va la vencida. Cuando estés leyendo ésto yo habré salido  de tu copistería dirección a mi casa a preparar las roscas y poner Birdman en V.O. Vivo en el edificio de al lado. Tercero B. Espero que te animes. Si no, no pasa nada, pero no me devuelvas el pendrive, que me moriré de vergüenza. Quédatelo. Te dejo dentro el último trabajo de Damien Rice. Si te animas, te veo en un rato”.
Metí solo el último album de Damien Rice y el “Para Lucía.doc”. Bajé, entré, el timbre volvió a interrumpir su lectura. Me sonrió y dándole el Pendrive le dije: “Este es el bueno, imprímeme el .doc, ahora vengo que tengo que hacer una cosilla”. Se lo di y me fui, a mi casa.
Mi estómago saltaba más fuerte que las roscas que preparaba en el microondas. Pasó media hora infinita. “Ya debería haber llegado si se hubiera animado” -me agobiaba a mí mismo- y de repente sonó el timbre de la puerta. El pop corn de mi páncreas estalló. Respiré hondo, apreté el puño en señal de victoria y abrí. No había nadie. Solo mi Pendrive sobre el Wellcome de la alfombra. Sonreí negando con la cabeza como sonríe el jugador de fútbol resignado y cabreado por su expulsión. “Te pasaste de frenada, truhán” -Me castigué-. Decepcionado por mi arrebato de valentía seguí cocinando hasta que me asaltó una idea como un resorte. ¡El Pendrive! Lo cogí y lo metí corriendo en el USB por si ella había respondido. “¡Cómo no se te ocurrió antes, imbécil derrotista!” -seguía autofustigándome- y ahí estaba; otro archivo .doc titulado “Para el que se luce”. Lo abrí y en un maravilloso Times New Roman con cursiva ponía: “Vuelve a abrir la puerta, valiente”.
Habían pasado 10 minutos, así que ya se podía haber ido, cansada de esperar a que yo captara su juego. Abrí la puerta y ahí estaba, sentada leyendo. Me miró y sonrió. Solo me salió decir un: “Joooder” a lo que ella me respondió: “Mira que eres tonto”.
Vimos Birdman en V.O. Nos enseñamos nuestras versiones originales, sin subtítulos, sin doblajes, sin ropajes, y desde ese día no ha dejado de escanearme besos en color, mientras le serigrafío la piel, mientras nos duplicamos temblores, mientras nos imprimimos erupciones, mientras quemamos hasta el último cartucho. Y The Blower´s Daughter sonando de fondo.